La comunión de Marc Márquez con su equipo es extrema
La tribu de los 'Pichillas'
Monta y desmonta el box como un mecánico y les pone motes a todos
ALBERTO GÓMEZ. Cheste
09/11/12 - 12:23.
"Cuidado con el de Santaco", grita Marc Márquez, armado con una lata. El de Santaco (Santa Coloma) es Santiago Hernández, su jefe de mecánicos. Lo desafía con los puños en ristre. A su alrededor, toda la tropa está alborotada.
"Es su primera pandilla, nunca ha tenido en la infancia", justifica Julià, su padre, que mira desde la distancia la relación fraternal que aúna a todo el box. Marc empuña un Red Bull. Uno de tantos. No está bajo los efectos de la taurina. "Es así. De pequeño era más tímido pero ahora se está soltando", subraya su progenitor. Entre risas, la reyerta ficticia concluye con un abrazo.
"La culpa la tiene él", explica Hernández, que el año que viene estará en MotoGP, a su lado, para arroparlo en la mayor aventura de su vida. "Hace que todos estemos unidos", añade, "le gusta la guerrilla, le gusta estar con nosotros, le gusta ser uno más". Esa comunión es, como el vestuario de un equipo de fútbol, el 50% del éxito. "El piloto es el que marca la diferencia", matiza Santi, que no vivió nada semejante en ningún otro sitio. "Él provoca el buen ambiente, por su carácter, incluso cuando las cosas van mal y eso marca la diferencia", sigue el técnico.
A lo Pepe Reina
Como en Cervera, en plena celebración del título. Ante miles de personas, Marc se disfrazó de Pepe Reina y en una alocución desternillante, introdujo a cada uno de los colegas de box. Uno a uno, vendió un perfil satírico de todos, empezando por Emilio Alzamora, su mánager. Márquez, que en el pueblo es El Pichote, "el mote heredado de mi padre", ha trasladado su forma de ser a un box de motociclismo. Hasta límites desconocidos.
"Es uno más de nosotros", explica Carlos Liñán, el otro mecánico que lo acompañará en MotoGP. Y tiene en tan alta estima a su tribu que, pocos minutos después de proclamarse campeón en Phillip Island, comunicó, con tristeza, que lo malo de ganar el título era que, el año que viene, "no podré llevarme a todo mi equipo conmigo".
El amor por sus mecas es casi tan importante como sus triunfos. Hace un año decidió, por su cuenta y riesgo, viajar un día antes a las carreras e irse uno después, para hacer piña. Su involucración es tan grande que incluso se remanga para montar el box y desmontarlo, hasta después de ganar. Un gesto que recuerda a Rafa Nadal, cuando tras cada entrenamiento rastrilla el campo de
" class="skwTip">juego. "Un día se le va a caer un panel encima y la vamos a liar", dice Jordi Castellà, uno de los mecánicos que más tiempo lleva con él.
"No hace nada sin el equipo", explica Héctor Martín, el responsable de prensa. Héctor, El pirata, como le apodó el piloto tras escuchar una conversación telefónica en la que bromeaba con un amigo, asegura que Marc tiene "empatía, carisma y encima este es un año inolvidable".
Motes y chanzas
Pero él no es el único con mote. A Hernández, su jefe, le llama a la voz de Pichilla, un apelativo que hace extensible a todos los compañeros en el garaje. A Liñán le bautizó como ministro, por su seriedad. A Castellà, El Sindicalista o El Radical -muy cariñoso-. Incluso al telemétrico, el alemán Gerold Bucher, le llama Hugo o, en ocasiones, El Español. A éste le obliga a pronunciar dos veces algunas palabras en castellano para destapar las risas en el box. «Nos hace mucha gracia cómo lo habla», cuenta Santi.
Cómplice de unas fechorías e instigador en otras, Marc se ha llegado a disfrazar junto a sus mecánicos en un test privado en Portimao. Y en Malasia, hace algunas semanas, le gastaron una broma a Eskil Suter, patrón de la marca de moto con la que se ha coronado. "Un día nos quiso deshinchar una rueda del
" class="skwTip">coche", explica uno de sus técnicos, «y se la devolvimos».
Con Marc y Héctor a la cabeza, cuando Eskil- al que llaman Skeletor- estaba en una reunión muy importante en el Marriott de Putrajaya, le mandaron un cuadro de músicos con cantante incluida y un pastel. "Cuando comenzaron a tocar a su lado, con una tarta, y le cantaron el Happy birthday llorábamos", recuerda Héctor.
Cada domingo, cuando todo está embalado en las cajas rumbo al siguiente gran premio, se reúnen en torno a un balón. Juegan una pachanga en el pit lane o a ver quién es el que más fuerte la lanza al aire. Y luego, de nuevo todos juntos, se congregan en una habitación, repartidos por las camas, para revisar la carrera. "Lo que se dice ahí ya no se puede contar", bromea uno de sus mecánicos.
"La gente piensa que estamos haciendo algo
" class="skwTip">especial, diferente, y para mí lo normal es que el piloto esté con su equipo, viaje con él, cene con él. Para mí no es
" class="skwTip">especial. Marc es un fuera de serie en la pista pero es una persona normal y corriente. No nos hace sentir que estamos por debajo de él", cuenta Hernández.
Y para dar fe, el día que fue campeón, en Australia, señaló en su pizarra, con letras de oro: 'gracias por dos años inolvidables'. Luego, en un gesto de generosidad y para concretar su agradecimiento pagó, de su propio bolsillo, un billete de avión de regreso a casa a todo el equipo en clase bussiness.
"Es su primera pandilla, nunca ha tenido en la infancia", justifica Julià, su padre, que mira desde la distancia la relación fraternal que aúna a todo el box. Marc empuña un Red Bull. Uno de tantos. No está bajo los efectos de la taurina. "Es así. De pequeño era más tímido pero ahora se está soltando", subraya su progenitor. Entre risas, la reyerta ficticia concluye con un abrazo.
"La culpa la tiene él", explica Hernández, que el año que viene estará en MotoGP, a su lado, para arroparlo en la mayor aventura de su vida. "Hace que todos estemos unidos", añade, "le gusta la guerrilla, le gusta estar con nosotros, le gusta ser uno más". Esa comunión es, como el vestuario de un equipo de fútbol, el 50% del éxito. "El piloto es el que marca la diferencia", matiza Santi, que no vivió nada semejante en ningún otro sitio. "Él provoca el buen ambiente, por su carácter, incluso cuando las cosas van mal y eso marca la diferencia", sigue el técnico.
A lo Pepe Reina
Como en Cervera, en plena celebración del título. Ante miles de personas, Marc se disfrazó de Pepe Reina y en una alocución desternillante, introdujo a cada uno de los colegas de box. Uno a uno, vendió un perfil satírico de todos, empezando por Emilio Alzamora, su mánager. Márquez, que en el pueblo es El Pichote, "el mote heredado de mi padre", ha trasladado su forma de ser a un box de motociclismo. Hasta límites desconocidos.
"Es uno más de nosotros", explica Carlos Liñán, el otro mecánico que lo acompañará en MotoGP. Y tiene en tan alta estima a su tribu que, pocos minutos después de proclamarse campeón en Phillip Island, comunicó, con tristeza, que lo malo de ganar el título era que, el año que viene, "no podré llevarme a todo mi equipo conmigo".
El amor por sus mecas es casi tan importante como sus triunfos. Hace un año decidió, por su cuenta y riesgo, viajar un día antes a las carreras e irse uno después, para hacer piña. Su involucración es tan grande que incluso se remanga para montar el box y desmontarlo, hasta después de ganar. Un gesto que recuerda a Rafa Nadal, cuando tras cada entrenamiento rastrilla el campo de
"No hace nada sin el equipo", explica Héctor Martín, el responsable de prensa. Héctor, El pirata, como le apodó el piloto tras escuchar una conversación telefónica en la que bromeaba con un amigo, asegura que Marc tiene "empatía, carisma y encima este es un año inolvidable".
Motes y chanzas
Pero él no es el único con mote. A Hernández, su jefe, le llama a la voz de Pichilla, un apelativo que hace extensible a todos los compañeros en el garaje. A Liñán le bautizó como ministro, por su seriedad. A Castellà, El Sindicalista o El Radical -muy cariñoso-. Incluso al telemétrico, el alemán Gerold Bucher, le llama Hugo o, en ocasiones, El Español. A éste le obliga a pronunciar dos veces algunas palabras en castellano para destapar las risas en el box. «Nos hace mucha gracia cómo lo habla», cuenta Santi.
Cómplice de unas fechorías e instigador en otras, Marc se ha llegado a disfrazar junto a sus mecánicos en un test privado en Portimao. Y en Malasia, hace algunas semanas, le gastaron una broma a Eskil Suter, patrón de la marca de moto con la que se ha coronado. "Un día nos quiso deshinchar una rueda del
Con Marc y Héctor a la cabeza, cuando Eskil- al que llaman Skeletor- estaba en una reunión muy importante en el Marriott de Putrajaya, le mandaron un cuadro de músicos con cantante incluida y un pastel. "Cuando comenzaron a tocar a su lado, con una tarta, y le cantaron el Happy birthday llorábamos", recuerda Héctor.
Cada domingo, cuando todo está embalado en las cajas rumbo al siguiente gran premio, se reúnen en torno a un balón. Juegan una pachanga en el pit lane o a ver quién es el que más fuerte la lanza al aire. Y luego, de nuevo todos juntos, se congregan en una habitación, repartidos por las camas, para revisar la carrera. "Lo que se dice ahí ya no se puede contar", bromea uno de sus mecánicos.
"La gente piensa que estamos haciendo algo
Y para dar fe, el día que fue campeón, en Australia, señaló en su pizarra, con letras de oro: 'gracias por dos años inolvidables'. Luego, en un gesto de generosidad y para concretar su agradecimiento pagó, de su propio bolsillo, un billete de avión de regreso a casa a todo el equipo en clase bussiness.
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